La sabiduría de los pueblos originarios y su vínculo con la naturaleza es valioso para analizar y poner en valor. En el marco de la VIII Jornada de Agroecología, la investigadora Ana Ladio, abordó la necesidad imperiosa de restablecer el vínculo entre la sociedad y el entorno natural.
¿Conservar la naturaleza es alejar al ser humano de ella? ¿para preservarla hay que impedir su participación en ciertos territorios? La respuesta es “no”, la tendencia es la “crianza mutua”, un vínculo respetuoso. Así lo plantea Ana Ladio, doctora en Biología trabaja en el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (Inbioma) que pertenece al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y la Universidad Nacional de Comahue de Argentina.
Ladio participó en UTEC Durazno de la VIII Jornada de Agroecología, centrada en la memoria biocultural organizada desde la Universidad el equipo de Ingeniería Agroambiental que se dicta en esta sede.
A continuación, la investigadora profundiza en estas claves para sanar nuestro vínculo con el territorio.
Llevas más de 20 años trabajando en el CONICET sobre conservación biocultural y la etnobiología. Para quien se encuentra con estos conceptos por primera vez, ¿qué es la etnobiología y qué nos enseña sobre la relación entre las personas y la naturaleza?
Tratamos de comprender cómo los seres humanos nos vinculamos con el entorno. La etnobiología es una transdisciplina, que une ciencias distintas: las biológicas, las sociales y las que tienen que ver con la cultura. Cuando hablamos del entorno, nos referimos a la naturaleza, al medio ambiente y a aspectos socioculturales. ¿Cómo las personas vamos lidiando con el entorno para sobrevivir? ¿Cómo reproducimos nuestras formas de vida de la mano con la naturaleza? Alguien tiene que contar esa historia, qué pasa por detrás, qué pasa con nuestros vínculos porque la experiencia de las personas con el ambiente es cada vez menor. En definitiva, estudiamos los vínculos para poder comprender dónde estamos y hacia dónde tenemos que ir. Nuestra propuesta es reforzar esos vínculos con el entorno.
Históricamente se pensó que proteger la naturaleza significaba separar a las personas de las áreas naturales. Sin embargo, las comunidades locales e indígenas han cuidado estos paisajes durante siglos. ¿Por qué es urgente pasar de esa separación a un modelo de cuidado mutuo?
Es urgente porque nuestros trabajos y los trabajos de otros colegas han podido reunir evidencia de que es la presencia humana – aquella que tiene buenos vínculos con la naturaleza– la que ha podido reproducir ciclos ecológicos y ha permitido que hoy en día tengamos estos bosques, estas selvas conservadas. Entonces, al retirar a los seres humanos, estamos retirando procesos que tienen que ver justamente con mecanismos fundamentales que permiten la coexistencia.
Lo que nosotros proponemos es que las comunidades originarias y locales mantengan y visibilicen estos vínculos, que pueden ser descritos como de “crianza mutua”. En sus formas de uso del ambiente. Ellas han sabido sentirse agradecidas por los recursos o los bienes que obtienen de su entorno, expresando ese agradecimiento mediante prácticas de manejo para que esos bienes sigan estando presentes y sean sustentables. Esa lógica de uso del ambiente –de percibirse como parte de él y de tener una responsabilidad de cuidado– es, para mí, lo que hay que reconstruir para todos: para los que vivimos en las ciudades y para los que vivimos en otros lugares. Son formas de uso y de conexión con el entorno que están bastante amenazadas por la distancia que tenemos cada vez más con los espacios silvestres o naturales, y porque también hay procesos históricos que han hecho que los humanos nos sintiéramos muy separados de la naturaleza y no nos reconozcamos como parte de ella.
Hay una movida cultural, pero realmente el mundo de las ciudades y de la sociedad de mercado ve a la naturaleza como un bien para contemplar. Capaz eso sí es algo positivo que se ha aprendido: una actitud y responsabilidad de cuidado. Pero no nace de sentirse parte, sino de sentirse superior y tener que cuidarla, lo cual es muy distinto y genera vínculos absolutamente diferentes. Genera vínculos absolutamente diferentes. Eso es lo que tenemos que aprender de gran parte de las comunidades originarias de Sudamérica, que tienen un saber ancestral con el que se puede ver científicamente cómo han podido reproducir y diversificar ambientes bajo esos preceptos de cuidado mutuo y de sentirse parte. Me parece que ahí está la colusión a toda esta crisis civilizatoria que estamos viviendo.
Si la clave es recuperar el vínculo con la naturaleza, ¿cómo se traduce esto a la práctica?
No hablamos de intervención porque uno se siente parte. Entonces, si sos parte, estás simplemente moviendo un engranaje de un vínculo aceptado entre humanos y no humanos. Es como los que algunas sociedades hacen con animales silvestres, al decir: “Tengo una producción ganadera, tengo ovejas, pero hay zorros, que son carnívoros y se tienen que alimentar; lo acepto”. Tal vez vaya a haber un evento de predación. Según cuál sea la percepción del daño –si es muy alto–, quizás voy a tener que tomar una actitud de castigo porque el pacto de coexistencia se rompió. Pero si no hay una predación altamente significativa, lo que uno ve en las poblaciones tradicionales es aceptarla. “El zorro tiene que alimentarse y yo también”
Esa es una modulación que la sociedad de mercado no tiene: la perdió porque siempre va por más. No acepta la coexistencia de un zorro porque afecta la producción ganadera; no hay una visión de coexistencia. En cambio, en las comunidades locales esto se ve en muchas prácticas. Eso es el vínculo: pensar que todos tenemos derecho a estar acá y que tal vez tengo que hacer una concesión, como tener dos ovejas menos. Mientras el daño sea ese, se acepta; si es muy alto, hay otra respuesta. Son prácticas y vínculos que generan esa conciencia donde podemos estar todos.
Esto es lo que reemplaza el modelo tradicional de parque nacional, porque ya no podemos volver atrás. Somos una gran población humana viviendo en los bordes de las áreas verdes de conservación. Está muy bien haber mantenido esos espacios, pero tenemos que aprender a convivir para que podamos estar todos, y eso implica cambios en la forma de vincularnos.
La coexistencia también implica un ajuste caso por caso, situado: es ver lo que pasa en cada lugar. Por eso, la invitación es a mirar el grano fino de las cosas: escuchar a los pobladores locales y comprender cómo ellos miran esa realidad, para aprender de esos modos de subsistencia y de coexistencia que ya existen. Hay comunidades que han podido mantener ese conocimiento vincular positivo y ahí hay algo fundamental por aprender.
Defines los «sitios de esperanza» como espacios clave para la salud integral de los territorios. ¿Son lugares fáciles de identificar en nuestro entorno cotidiano o nos falta entrenar la mirada para aprender a verlos?
Son fáciles de reconocer,nos están rodeando, pero obviamente necesitamos trabajar en el territorio para identificarlos y visibilizar esos sitios donde se mantienen, en simultáneo, la diversidad cultural y la biodiversidad.
Por ejemplo, las ferias locales y los entornos de la agricultura familiar son sitios de esperanza.Tienen vínculos con la naturaleza orientados a dejar en pie gran parte del bosque nativo mientras cultivan su huerta o su campo de pastoreo. Siempre tienen el cuidado presente de dejar espacios silvestres —algo que hoy está muy de moda en la agroecología, pero que ellos hacen naturalmente desde hace mucho tiempo—, y entre ellos construyen lazos que generan resiliencia: vínculos de cooperación, de reciprocidad e intercambio de semillas.
Todo ese sistema en su conjunto es un sitio de esperanza. Además, se trata de espacios con una gran apertura hacia la investigación científica, donde se ha recibido de muy buena manera el diálogo de saberes. Eso demuestra una enorme flexibilidad para incorporar innovaciones que les hacen bien, una capacidad que genera muchísima resiliencia. Uno puede esperar que un grupo humano así tenga las herramientas para adaptarse: no va a ser perfecto, pero posee una plasticidad que le permite afrontar mejor los escenarios complejos del futuro.
Y esto no se refiere sólo a cuestiones materiales: hay que poner en la misma balanza lo colectivo, la coproducción de riqueza, la cooperación mutua y los vínculos afectivos. Esa es una fortaleza enorme y una clave fundamental.
¿Qué mensaje le dejas a quienes hoy están trabajando en la agroecología y en la conservación de la región?
Lo sensible suele estar desprestigiado en la ciencia, como si no tuviera nada que ver. Al fin y al cabo, lo sensible es importante para adoptar una tecnología o para comprender un proceso. Lo sensible –lo que tiene que ver con las emociones– es, al fin y al cabo, determinante en la vida de todas las personas. Entonces, si vamos a trabajar con personas, la emoción la tenemos que poner sobre la mesa, porque si no, hay algo que no está completo.
Como dicen autores como Arturo Escobar y otros filósofos y ecólogos políticos que hablan del “sentipensar”, las comunidades originarias lo que hacen es sentir y pensar: no separan el pensamiento de la emoción. En cambio, las comunidades occidentales y la ciencia, como constructo de la vida académica, han separado el pensamiento del sentir. Me parece que hay muchos filósofos y estudiosos de la epistemología y la ciencia que nos están invitando a pensar que esa separación no nos ha hecho bien.
Conectarnos con la naturaleza es pura emoción, algo realmente intangible. ¿Cómo vamos a sacarla de la ecuación?
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