¿Qué significa innovar hoy? ¿Cómo se construye un ecosistema de innovación capaz de generar valor para un territorio? La V Semana Binacional de la Innovación dejó preguntas, experiencias y miradas para seguir pensando estos desafíos desde una frontera que tiene en la cooperación entre Uruguay y Brasil una de sus principales fortalezas.
Innovar puede ser desarrollar una nueva tecnología, pero también transformar conocimiento en soluciones para un problema puntual, no siempre tecnológico, o encontrar una manera diferente de hacer las cosas.
La V Semana Binacional de la Innovación (SBI), realizada del 20 al 22 de agosto en Rivera y Sant’Ana do Livramento, permitió abordar la innovación desde esas diferentes dimensiones. Durante tres días, instituciones educativas, empresas, gobiernos, emprendedores y organizaciones de ambos países compartieron experiencias y reflexiones sobre desarrollo territorial, parques tecnológicos, emprendimiento, inteligencia artificial y construcción de ecosistemas.
Innovar en esta región no comenzó ahora. Durante su conferencia, el historiador Eduardo Palermo propuso mirar hacia el pasado y recuperar experiencias que muestran que la incorporación temprana de nuevas tecnologías también forma parte de la historia de la frontera.
Entre ellas recordó la Represa de Cuñapirú, inaugurada en 1882 en Minas de Corrales y reconocida como la primera central hidroeléctrica de América del Sur, así como el desarrollo de la prensa en la región.

Eduardo Palermo, docente e historiador del Centro Regional de Profesores del Norte
Mucho antes de hablar de startups, ecosistemas o inteligencia artificial, el territorio ya incorporaba tecnologías que estaban transformando el mundo y encontraba nuevas formas de responder a las necesidades de su tiempo.
Para Jorge Audy, superintendente de Innovación y Desarrollo de la Pontificia Universidad Católica de Río Grande del Sur (Pucrs) y referente del parque tecnológico Tecnopuc, una de las claves está en la capacidad de los ecosistemas para generar conexiones.
“Colaboramos y conectamos”, resumió al referirse al trabajo entre universidades, empresas, gobiernos y sociedad civil. Pero esas conexiones, planteó, necesitan estar orientadas por un propósito: “transformar la ciencia, transformar el conocimiento en valor para la sociedad”.
En ese proceso, Audy destacó especialmente el papel de las universidades. Además de enseñar e investigar, señaló la importancia de que el conocimiento generado pueda “desbordar hacia la sociedad” y contribuir a generar transformación e impacto social positivo.
La relación entre innovación y territorio también estuvo presente en la conferencia de Artur Gibbon, director de Ambientes de Innovación de Anprotec —la Asociación Nacional de Entidades Promotoras de Emprendimientos Innovadores—.
Para Gibbon, innovar implica llevar las ideas a la práctica. Si una idea no llega a la sociedad y no genera valor, permanece solamente en el plano conceptual. Su planteo buscó además desmitificar la idea de que la innovación pertenece exclusivamente a las grandes metrópolis o a los centros tecnológicos más reconocidos del mundo. También puede construirse desde los territorios.
Para que eso ocurra se necesita articular políticas, instituciones, actores públicos y privados, conocimiento y capacidades. Pero Gibbon puso el énfasis en un elemento todavía más básico: “la innovación la hacemos con personas, con muchas personas”.
Al referirse específicamente al proceso que comienza a desarrollarse en esta frontera, destacó su particularidad como ejemplo de cooperación. Aquí se está construyendo un ecosistema que involucra a dos países y dos parques tecnológicos —el Parque Tecnológico Regional Norte y el Parque Tecnológico de Sant’Ana do Livramento—, con estructuras físicamente separadas pero que buscan funcionar de manera articulada.
También advirtió que ese proceso necesita tiempo, además de inversión, talento, políticas y actores locales capaces de sostenerlo.
El tiempo apareció también desde otra perspectiva en la experiencia de Marcus Rossi, creador de Gramado Summit, quien compartió el recorrido que lo llevó a construir uno de los grandes eventos de innovación de América Latina.

Marcus Rossi, creador de Gramado Summit
Rossi sintetizó parte de ese proceso en tres conceptos: miedo, amor y tiempo. Una mirada que llevó la conversación hacia otra dimensión de la innovación: detrás de los proyectos, las empresas y los ecosistemas hay personas que toman decisiones, enfrentan incertidumbres y sostienen procesos que necesitan madurar.
Y las personas volvieron a ocupar un lugar central incluso cuando la conversación se trasladó hacia una de las tecnologías que más está transformando la forma de innovar.
Para Enrique Topolansky, director del Centro de Innovación y Emprendimientos de ORT, la inteligencia artificial está haciendo que programar, desarrollar prototipos y construir soluciones sea cada vez más rápido y accesible. Cuando esa velocidad comienza a estar al alcance de todos, deja de ser suficiente como diferencial.
“La verdadera transformación ya no es construir rápido. La verdadera transformación es aprender más rápido que la competencia”, sostuvo.
Pero ese aprendizaje no ocurre de espaldas a las personas. Topolansky planteó que, en un contexto en el que una solución tecnológica puede reproducirse con creciente facilidad, hay algo mucho más difícil de copiar: la relación que se construye con quienes la utilizan.
Comprender mejor las necesidades, conectar, generar confianza y construir comunidad adquieren entonces todavía más valor. Para Topolansky, aprender más rápido también implica conectar mejor.

Enrique Topolansky, director del Centro de Innovación y Emprendimientos de ORT
De ahí una de las paradojas que dejó su exposición: en plena expansión de la inteligencia artificial, el desafío vuelve a poner en el centro algo profundamente humano. Utilizada para acompañar procesos de aprendizaje, conexión y construcción de confianza, sostuvo, la IA puede incluso “ayudarnos a ser más humanos”.
La innovación también se puso en práctica entre las nuevas generaciones a través del Hackateen Área B. Alrededor de 300 niños y adolescentes trabajaron sobre problemas de su entorno y propusieron soluciones vinculadas a distintos desafíos sociales. Una aplicación para facilitar la difusión de emprendimientos de mujeres rurales y Aquacerro, un proyecto para reutilizar el agua de lluvia en Cerro Pelado, fueron algunas de las propuestas presentadas.
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