La industria alimentaria busca soluciones para reducir el impacto de sus residuos y sobre esta premisa trabajan estudiantes de la Licenciatura en Análisis Alimentario de UTEC. Juliana Miranda y Camila Cheveste han dedicado buena parte de este año al desarrollo de un envase comestible. En lugar de convertirse en desecho, este sirve como complemento del café que lleva en su interior.
¿Un envase comestible? Sí, en el mercado uruguayo hay algunos productos que vienen con estos empaques. Sin embargo, se suelen usar para alimentos sólidos, y el desafío más grande consiste en que el recipiente soporte líquidos. El desarrollo de un vaso que pueda contener un café caliente y que luego de beberlo, se pueda comer o tirar a la basura sin generar un desecho, ha sido el objetivo detrás del proyecto de las estudiantes Camila Cheveste y Juliana Miranda, quienes cursan el último año en la Licenciatura en Análisis Alimentario, en UTEC Paysandú.
El envase fue pensado desde el inicio como un recipiente versátil. “Se nos ocurrió hacer un vaso que sirva tanto para bebidas frías como calientes”, explicó Juliana. La idea surgió al observar el uso masivo de vasos descartables en eventos y servicios de catering, donde tras un consumo breve el residuo se descarta. En este caso, la experiencia apunta a que la persona termine de beber y luego se pueda comer el vaso. Si opta por no hacerlo, el material es 100% biodegradable, por lo que no queda como residuo.
La industria alimentaria es una de las principales generadoras de residuos plásticos en el mundo. De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el 36% del plástico global se usa para envases y embalajes, y la mitad corresponde a alimentos y bebidas, lo que representa el 18% del total producido. Sin embargo, solo el 9% del plástico se recicla, y en los envases alimentarios la cifra cae entre el 5% y7% por la dificultad de su tratamiento. Más del 80% de la basura marina es plástico, y cerca de un tercio proviene de envoltorios y botellas del sector alimentario.

El proyecto del vaso biodegradable se desarrolla en articulación con distintos espacios de UTEC. Además del trabajo académico, las estudiantes participan en la cocina comunitaria y emprendedora, donde realizan parte de las pruebas, y han utilizado las instalaciones del Laboratorio de Innovación Abierta (LabA) para evaluar la resistencia del material. Allí, por ejemplo, elaboraron láminas del envase para analizar su comportamiento frente a distintos líquidos y temperaturas.
“Es nuestra tesis además de ser un proyecto”, explicó Juliana. Según contó, entre las distintas propuestas que se les plantearon durante la carrera, esta fue la que más las motivó, tanto por su carácter innovador como por su aporte ambiental. “En la actualidad se desechan miles de toneladas de plástico y la industria alimentaria aporta gran cantidad de estos desechos”, señaló.
Actualmente, el proyecto se encuentra en una etapa avanzada. Las estudiantes terminaron de definir los ingredientes y de realizar los análisis fisicoquímicos.
“Pensamos en la experiencia de tomar un café y después comer una galletita, que en este caso sería el vaso”, resumió Juliana. En esa línea, el desarrollo se enfocó en lograr un equilibrio entre resistencia, sabor y textura. Para la formulación trabajaron principalmente con harinas y almidones que permitieran generar estructura sin que el material se desintegre al contacto con el líquido. “Buscamos que sea estable”, indicó, mientras que Camila agregó que también probaron distintas variantes con azúcar y sal para evaluar cómo influían tanto en la estabilidad como en el sabor final.
Si bien ya cuentan con una base sólida, el trabajo ha llevado varias pruebas. Uno de los principales desafíos fue lograr una textura adecuada luego del enfriado, ya que en las primeras pruebas el envase tendía a endurecerse demasiado, afectando la experiencia al morderlo.
En cuanto a antecedentes, las estudiantes señalaron que en Uruguay existe una firma que desarrolla envases comestibles, aunque orientados a recipientes para alimentos sólidos, como bandejas o cubiertos. En Europa, en cambio, hay experiencias de vasos elaborados a partir de cereales o algas marinas. “El diferencial que buscamos es que sea apto para líquidos, algo que hoy no se encuentra en el mercado local”, explicó Camila.

Respecto al sabor, el objetivo fue lograr un perfil lo más neutro posible. “Es como un pancito, más parecido a una galleta”, describieron. Tras distintas pruebas, descartaron el uso de azúcar por el impacto que tenía en el gusto y optaron por una formulación más neutra. Incluso realizaron una encuesta para conocer la opinión del público, que reforzó esa idea, aunque también surgieron sugerencias de versiones con sabor a café o combinadas con chocolate, este último pensado además como un posible aporte a la impermeabilidad.
Para llevar adelante el desarrollo, accedieron a un fondo de innovación de UTEC, lo que les permitió adquirir insumos y avanzar en las pruebas. El proceso de elaboración actual implica el pesado de los ingredientes, su disolución en agua caliente, la formación de una masa y el horneado en moldes, que por ahora son adaptaciones de moldes de cupcake, con un tamaño similar al de un café expreso. Luego del horneado, el vaso se enfría y se desmolda. Allí quedan listos para recibir los líquidos.
Los ensayos arrojaron resultados positivos. El envase soportó varias horas con agua fría y cerca de una hora con agua caliente, absorbiendo progresivamente el líquido sin perder su forma ni volcar el contenido. “Cuando vimos que no migraba el agua nos dimos cuenta de que esa era la receta”, explicó Juliana. Todo el proceso fue documentado en laboratorio, registrando cada composición y su comportamiento para luego realizar modificaciones.
Ambas estudiantes cursan el último año de la Licenciatura en Análisis Alimentario y prevén culminar el trabajo a mediados de 2026, cuando también presentarán la tesis. Destacaron además el acompañamiento de las tutoras, que aportaron orientación técnica y bibliografía durante todo el proceso.
En lo personal, el proyecto significó una experiencia formativa diferente. Camila valoró especialmente la libertad de poder elegir materiales y combinaciones, sin limitarse a protocolos cerrados. Juliana, en tanto, lo vivió como un desafío, ya que implicó salir de su zona de confort y explorar un camino más vinculado a la innovación.

Ambas coincidieron en que el trabajo abrió la posibilidad de pensar en un emprendimiento a futuro.
Esa proyección comenzó a tomar forma con la postulación a un fondo financiado por ANDE, con el acompañamiento de UTEC a través del Fondo de Vinculación y Valorización Tecnológica. El apoyo se destinaría principalmente a la adquisición de moldes adecuados y al diseño del embalaje.
El desarrollo técnico continúa avanzando. La receta fue ajustada para evitar que el envase quede duro al exponerse a bajas temperaturas y se optó por harina de arroz en lugar de trigo, lo que permite que el producto sea apto para personas veganas y celíacas. Actualmente se encuentran realizando análisis microbiológicos, un paso clave para garantizar la inocuidad del envase y cumplir con las normativas necesarias en caso de emprender.
Las pruebas finales, realizadas a principios de noviembre, fueron positivas. Una resistencia de 30 minutos es considerada como adecuada para contener un café expreso. Incluso se probó con jugo de naranja, sin que el envase aportara sabor al contenido.
Ahora el foco está puesto en el vaso y no descartan que a futuro el desarrollo pueda ampliarse a otros formatos, como bandejas o recipientes para alimentos secos. De todos modos, subrayan que el mayor desafío siempre fue lograr un envase apto para líquidos, un diferencial clave del proyecto. “Aunque lo comas o lo tires a la basura, no queda en el ambiente”, resumieron, al destacar que, al estar elaborado con materiales orgánicos, el impacto ambiental es mínimo.
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